Camina, camina, camina. Y cuanto menos te fijes, mejor.
Porque de repente, en mi vida hay un camino de baldosas amarillas.
Llevan a un castillo nevado en la tierra de las flores rojas.
Me colaré en sus habitaciones. A ver si encuentro bombones...
Me han dicho que al otro lado del puente de madera se está caliente.
Tienen una hoguera.
¿Me atreveré a bailar mientras cruzo?
La danza del vientre del sombrerero loco aún no ha terminado.
Se dió cuenta de que no disfrutaba de la vista porque intentaba verlo todo. Y eso es imposible. Ponía demasiada atención, hacía demasiado esfuerzo en captar cada detalle de cada nuevo centímetro.
Y así, no veía nada.
Se paró y con calma y dejando de hacer fotográfías mentales del viaje, intentó tomar impresiones, sensaciones, colores, formas.
Ahora, cada vez que quisiera recordar cómo habían sido esos últimos días, recordaría que con esfuerzo, había dejado de esforzarse por recordarlos.
Paradójicamente, por eso los recordaba.